La reciente entrega del premio Ariel a lo mejor del cine mexicano del 2008 no ha hecho más que volver a despertar el interés en un premio que parecía olvidado y a que a nadie interesaba. Más aun, esta ceremonia ha servido de excusa para revelar una serie de síntomas del estado actual del cine nacional. Resultan verdaderamente impresionantes las pasiones despertadas en figuras como Denisse Maerker o Carmen Aristegui y, por supuesto, las del gran protagonista de este melodrama sintomático, Daniel Giménez Cacho.

 

Empecemos pues, por hacer un muy breve recuento de los hechos. Las películas nominadas este año para la categoría de mejor película incluyen una colección impresionante de premios y festivales y son, sin duda, una muestra representativa de la creación cinematográfica actual de este país: Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo de Yulene Olaizola (premiada en los festivales de la Ciudad de México, Buenos Aires y San Sebastián y producida por el CCC con apoyo del FONCA y el Jan Vrijman Fund y que ha sorprendido –y escandalizado— por haber iniciado como un ejercicio escolar), Voy a explotar de Gerardo Naranjo (presentada, entre otros, en los festivales de Venecia, Nueva York y Toronto y premiada en el festival de Guadalajara), Los herederos de Eugenio Polgovsky (presentada en los festivales de Berlin, Venecia y Buenos Aires y ganadora del premio de la FEISAL en el festival de Guadalajara), y la ganadora Lake Tahoe de Fernando Eimbcke (aclamada en la Semana de la Crítica en Cannes y ganadora del premio FIPRESCI y el premio Alfred Bauer en el Festival de Berlin). Está claro, estas cuatro películas que han cosechado reconocimientos internacionales han sufrido (o sufrirán, no todas han llegado aún a las salas) el habitual vía crucis de distribución y exhibición en nuestro país: los 15 días reglamentarios de una exhibición –casi sin difusión— en la Ciudad de México y un breve recorrido por algunas otras ciudades del país.

 

Por otra parte, la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas además de entregar el Ariel, es la entidad encargada de elegir las películas que serán enviadas a los premios de las academias norteamericanas y española. En este caso, eligió a Arráncame la vida (una de las películas más taquilleras y aclamadas por el público del 2008) para competir por el tan famoso Oscar y a Lake Tahoe para el Goya.

 

Varias quejas: hay quienes encuentran aberrante que las películas nominadas sean películas casi inaccesibles para el público, y que es el público quien “pierde” por no haber sido tomado en cuenta para la selección; otros, gritan “contradicción” al hecho de que Arráncame la vida haya sido seleccionada para ir a los oscares pero no haya sido considerada como una de las mejores películas del año. Aquí hay que detenerse un momento y pensar sobre la política que rodea a la selección (de los procedimientos hablaremos más tarde). Cualquier premiación no sólo reconoce sino que hace válida cierta obra y la inserta en su circuito de acción: la industria, la crítica especializada, el público masivo, etc. Los arieles pretenden ser una validación por parte de quienes hacen cine ante la industria y el público masivo, pero está claro que, ante lo vapuleado del premio casi desde sus orígenes, su rango de validación es, al menos hasta antes de esta edición, muy corto.

 

¿Cuál es entonces la política que se pretende al nominar y premiar películas con exhibición y distribución marginal (para los que vivimos en este país, normal) y dejar al éxito de la industria con –tan sólo, se dice— el reconocimiento de ir a los premios de la academia norteamericana? Claramente, la apuesta es por validar al propio premio Ariel. Y lo interesante es que no lo está haciendo desde las presiones de la industria y sus éxitos de taquilla. No parece que el público pierda, al contrario, perdería por ni tan siquiera saber de la existencia de estas películas que no fueron éxitos comerciales. En este país si el público ha perdido no es por la falta de injerencia sobre lo arieles, sino por la falta de difusión de películas con excelente calidad cinematográfica. En definitiva, sería un error tremendo convertir a los arieles –como tanto gusta al capitalismo tardío— en un reflejo de estadísticas y números de taquilla. Todo lo contrario, el objetivo de tener una academia es que se resaltan propuestas independientemente de su popularidad (aunque no excluidas por ella).

 

Desde su lugar como premios del mainstream la apuesta ha sido claramente la de suturar una herida del cine nacional (el reconocimiento al exterior sin distribución al interior) y eso molesta a una industria que no acaba de encontrar su lugar entre la calidad y el éxito comercial y que ve en el Ariel la posibilidad de validar, al menos al interior del país, esta falta de calidad. No estamos diciendo aquí que la academia deba devenir elitista, ésta debe, simple y difícilmente, premiar lo mejor de la producción nacional con la doble limitante de, por un lado, no ser condescendiente hacia el cine con poca distribución y, por otro, no sucumbir a las presiones de la industria. Resulta muy interesante, entonces, la solución de este año al tener, no cuatro, sino cinco, películas reconocidas: sencillamente Arráncame la vida es una de las mejores cinco películas del año, por eso debía ir a los oscares (donde ninguna de las otras cuatro películas hubieran tenido oportunidad alguna de quedar nominadas o ganar), pero no lo fue tanto como para estar entre las cuatro nominadas (al menos, a juicio de los Miembros Activos, que son quienes eligen a las nominadas). Más que una contradicción, encuentro cierta vocación de pluralidad y conciencia del estado actual del cine nacional.

 

Pero el escándalo no lo desataron, ni siquiera, los productores de Arráncame la vida, sino uno de sus actores principales, Daniel Giménez Cacho. Éste, dada la oportunidad otorgada por la propia academia (seguramente a consecuencia también de las declaraciones que había venido haciendo a lo largo de la semana previa a la ceremonia), leyó una carta abierta dirigida al presidente de la academia, Pedro Armendáriz, por la preocupación de “cómo al pasar de los años las políticas y el funcionamiento de la Academia se han venido alejando de los intereses y preocupaciones de la gran mayoría de los que hoy hacemos el cine en nuestro país. Hoy planteamos la urgencia de reflexionar en torno a una nueva refundación de la institución para hacerla más plural, más incluyente y democrática, pero sobre todo más acorde a los nuevos tiempos que vive el cine mexicano.” Más allá de la discusión sobre haber o no nominado a Giménez y su calidad actoral, y dejando de lado lo primario de este acto político, preocupan las apelaciones del discurso tales como la mayoríala inclusión, y, especialmente, la democracia. ¿A qué se están refiriendo estas tres categorías? Primero, si hay una mayoría, es evidente que esta sólo puede derivarse de un entendimiento del público como estadística, de una cuantificación de la calidad estética en mayoría. Es decir, se apela a una mayoría de creadores cinematográficos, para que sean éstos, con su voto mayoritario (valga la redundancia) los que decidan sobre la calidad de las obras. El juicio estético, que habría de ser cualitativo e intensivo, deviene así cuantificación, popularidad y estadística.

 

Segundo, la inclusión. Aquí lo que está a discusión no es tanto qué es lo que se incluye (esto sólo es el mero pretexto, tomado como síntoma para los que presentan esta carta) sino el acceso a la elección de lo incluido, reflejado en el cuestionamiento de los Miembros Activos. En un juego político primario, esto debería preocupar a cualquiera de los grupos. Pero el discurso de la inclusión no se detiene allí: el término inclusión necesariamente define a su contraparte, la exclusión, pero también a su categoría perversa (demasiado presente en la actualidad), la del incluido como excluido. Sus riesgos son mucho mayores que los de la pura exclusión. En esos casos, se recurre a categorías alternativas para premiar a las películas excluídas por la mayoría, y así argumentar que los premios sí las representan aunque las excluyan de las categorías principales (un riesgo de este tipo acabaría produciendo categorías absurdas como Mejor Película Independiente, por ejemplo). Es un segundo momento: dado que la mayoría dominante (o la que en este caso pretende instituirse como tal) no es capaz de dar representatividad a las minorías, las incluye como minorías.

 

Por último, la democracia. La idea principal en este sentido es que la elección de nominados se dé en mesas divididas por especialidad (directores, cinefotógrafos, diseñadores de sonido, etc.) y no por un comité (como funciona actualmente). Un mecanismo muy similar al que se utiliza en los premios de la academia norteamericana. Y conocemos sus problemáticas: exclusión total de películas con poca o nula distribución (no olvidemos que en nuestro país estas películas son la regla y no la excepción), cabildeo o lobbying (hacer difusión individual entre los electores, fiestas, etc.) y una calidad validada por las masas (y, claro está, reflejada posteriormente en los ingresos de taquilla de las películas nominadas y ganadoras). Una pura espectacularización del gusto y la popularidad y no un reflejo de la calidad cinematográfica y artística.

 

Con esto no estamos diciendo que la academia no deba reformarse y hacer más claros y revolventes sus procedimientos de membresía (particularmente la de los Miembros Activos, que funcionan como un jurado de nominaciones), lo que preocupa es que sea la industria quien ahora pretenda, a través de golpes mediáticos encarnados en la figura de un reconocido y famoso actor que opera como víctima de las circunstancias, apropiarse del mecanismo de validación apoyándose en los ya desgastados y aparentemente inofensivos conceptos de mayoría, inclusión y democracia. Disolver la figura del jurado en la masa, la sujeta a todo tipo de presiones externas que acabarán por desprestigiar al premio. Eso sí, el espectáculo mediático hará que algunos cuantos registren más ganancias: las grandes distribuidoras, los exhibidores, los medios de comunicación, en fin, todos aquellos que se benefician de la limitada exhibición. Sin duda, es mejor vender muchas copias de lo mismo que permitir que hayan opciones: no vaya a ser que el público comience a pensar.

 

Ante tantos riesgos y figuras del discurso, uno acaba preguntándose por qué. Seguramente, para el cine nacional, todas estas son señales de que algo anda bien, o bueno, al menos no está tan mal.

 

Edwin Culp. Investigador y docente de la UIA. Es uno de los directores de la librería Conejoblanco.