No hay cines, pero hay crítica. Para que sepan qué bajar de los torrents en las largas horas de encierro pandémico. 

Las Flores del Cerezo (Kirschblüten – Hanami, 2008)

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Los cerezos en flor se han convertido en una de las imágenes poéticas más recurrentes del Japón en primavera. Lecciones de las estaciones y del tiempo, del ciclo y sus cursos, del tiempo y su condición efímera. Muchas son las palabras que proceden de los sueños debajo de estos árboles y muchas sus imágenes. Lo que algún día fuera reto de la poesía lo es ahora de la imagen, pretender ser un testigo de ese tipo particular de belleza. Recuerdo las imágenes de Muñecas (2002) en el cine de Kitano, un hermoso tributo a la condición por la cual Japón difícilmente se podría pensar sin su cercanía a la naturaleza y los pensamientos que ésta suscita.

El nuevo film de Doris Dörrie utiliza el símbolo de los cerezos así como la danza Butoh para tejer  su relato. Las imágenes de la naturaleza se yuxtaponen a los estados emotivos que éstas pueden sugerir, un continuo oscilar de interior (gesto) a exterior. El Butoh, se asocia a la idea de una libertad que hacia afuera pareciera ridícula o sin sentido, una búsqueda y un espacio de emancipación.

El film narra la historia de dos padres viviendo en la provincia alemana de Bavaria. Dado el diagnóstico médico sobre la enfermedad del padre, ambos viajan a Berlin a visitar a sus hijos que sumergidos en las condiciones de la gran urbe, difícilmente tienen tiempo para sus padres. Hasta aquí la trama no es sino la de Tokio Story (1953), sólo que carente de la maestría cinematográfica de Ozu. Los conflictos se reproducen de forma idéntica: La contraposición del campo frente a la gran urbe, la batalla entre las generaciones, la incomprensión y falta de comunicación, la soledad de los viejos, el cinismo de los jóvenes. 

El padre, interpretado en una buena actuación por Elmar Wepper, se lanzará a buscar y realizar el sueño de su esposa que “para nuestra sorpresa”, muere antes que él y esto lo obliga a ir en su búsqueda, al intentar realizar su sueño incumplido: visitar el monte Fuji en Japón y acompañar a su hijo menor durante su vida en Tokio. La imposibilidad de la comprensión entre hijo y padre lleva a éste último a la errancia y a descubrir una extraña y lúdica amistad.

El curso del film es un viaje en busca del sentido y las posibilidades de reinventar la libertad de un hombre maduro hecho a su rutina. Las relaciones afectivas, siempre interrumpidas y zanjadas por el hecho de la muerte, tienden a ser melodramáticas. El motor de la acción y la forma de presentarse no deja de ser cursi. La floración de los cerezos, así como el complejo mundo del Butoh, quedan como pretextos en espera de retribución.