5559812777_bfc0606c5eDos gestos pueblan la obra de Werner Herzog: la desmesura de un personaje heroico que pretende una acción sobre la Naturaleza tan grande como la Naturaleza misma (como el héroe de Fitzcarraldo, 1982); y la vuelta de esa Naturaleza —que inicialmente parecía ceder— sobre la acción del héroe, mostrando sus verdaderas proporciones, regresándole al desmesurado su empequeñecida medida (Lope de Aguirre dirigiendo un ejército de monos al final de Aguirre, la furia de Dios, 1972). En el primero, el héroe como iluminado engrandece la acción sublimándola hasta una dimensión alucinatoria, en el segundo, la Naturaleza indiferente deja ver el verdadero tamaño del héroe y sus acciones patéticas. Ambos gestos pasan por la relación del paisaje; las acciones el nuevo vampiro reducido a un punto que se aleja en el horizonte como en Nosferatu (1979), el paisaje como espejismo producido por la diferencia de temperatura entre la tierra y el cielo en Fata Morgana (1971), o aquéllos en los que de la extrañeza del paisaje terrestre se obtiene una mirada exterior, propiamente extraterrestre como en Lessons of Darkness (1992) o The Wild Blue Yonder (2005).

En La Soufrière (1977), uno de sus trabajos menos conocidos, Herzog es él mismo el agente de la acción desmesurada: filmar el volcán La Grande Soufrière en la isla de Guadalupe en el momento en el que tendrá una explosión (algo mucho más allá de una erupción) de dimensiones inusitadas, poniendo en riesgo su vida y la de los dos camarógrafos que lo acompañan. El pueblo vecino al volcán ha sido evacuado, sus calles, casas y tiendas prácticamente abandonados en la prisa de partir. Sólo ha quedado un hombre que no ha querido irse. Herzog se da a la tarea de encontrar a este personaje, mientras cruza límites fijados por científicos . En vez de un héroe fuera de sí intentando realizar lo imposible, nos encontramos con tres hombres (y no sólo uno, como se decía originalmente) que han aceptado las consecuencias de la explosión, se han dejado someter a la voluntad de Dios; pero más simplemente, su pobreza no les permite salir: realmente no hay ningún otro lugar al que podrían ir. En todo caso, morir y dejar el pueblo se vuelven equivalentes. De estos tres hombres que no han salido del pueblo, el filme nos muestra a dos: el primero, aparece durmiendo plácidamente y sin ningún interés en devenir figura pública o discutir su decisión. Es un hombre que ha renunciado a retar a la Naturaleza. El otro muestra aspectos aún más complejos: se mantiene ahí porque su pobreza no le permite salir, a dónde iría más allá del pueblo de Basse-Terre. Éste no se somete a la voluntad de Dios ni de la Naturaleza sino que su condición social lo ha dejado sin nada que perder. A diferencia del primer personaje que veíamos en el campo, Herzog nos muestra a este con el trasfondo del pueblo abandonado. Aquí el cineasta se permite una desviación de sus temáticas habituales: son las coordenadas sociales del personaje y no su pureza de espíritu, ni su voluntad sublime los que lo mantienen ahí.

Es la propia lógica de la colonización francesa de las islas del Caribe: sus tiendas de lentes oscuros de moda valuados en francos franceses en algún momento saqueadas y hoy dejadas a su ruina, las casas coloniales abandonadas, los fantasmas dejados por la huida de un pueblo que lucha por mantener su europeidad en sus señales de tránsito y sus calles en medio de la naturaleza salvaje de la isla caribeña. Son los mismos colonizadores quienes han dejado el pueblo: ellos siempre tienen la opción de volver a casa. Así como el cineasta afirma que cada uno de sus filmes es siempre un filme bávaro por la mirada que éste da sobre las cosas, éste momento pareciera dejar el gesto romántico hacia la simpleza de la realidad de quienes no han dejado su pueblo.

Es ahí donde el lugar del desbordamiento se vuelve hacia los cineastas, quienes en un último vuelo de helicóptero sobre Basse-Terre parecieran aceptar la derrota en su tarea: si el volcán no explota todo el gesto habrá sido ridículo, el puro patetismo de haber pretendido retar a la Naturaleza. Y el volcán no explota. Y la mirada de los cineastas, con sus planos de paisajes naturales misteriosos reflejando una naturaleza poderosa, con los riesgos desmedidos que tomaron para llegar ahí y quedarse, con su búsqueda de un personaje que de manera épica habría decidido no partir ha quedado toda reducida al absurdo. La Naturaleza no habría podido ser más indiferente a sus intenciones; no había ningún registro científico anterior que pudiera predecir que, ante las claras condiciones que se habían presentado, el volcán no hubiera explotado. Y no sólo el gesto de los cineastas ha quedado reducido, sino que el gesto desmedido —propio de la modernidad— que lleva a la colonización y la sublimación alucinatoria de la europeización en tierra salvaje ha quedado expuesto en su ridículo, en su pequeñez respecto de la Naturaleza.

El FICG muestra este año más de 50 películas del cineasta bávaro, quien también ha recibido el premio Guadalajara del propio festival y ha podido compartir sus experiencias con los alumnos del Talent Campus, en una de las sesiones más potentes de esta edición del festival. Sin duda un acierto en un contexto que a veces pareciera decantarse más por la fama y las modas que por repensar lo cinematográfico en el panorama iberoamericano. Una selección de sus documentales podrá verse también en el Centro Cultural Tlatelolco de la Ciudad de México.