Bad LieutenantSin duda uno de los mayores aciertos del Festival de Cine de Guadalajara este año sea la presentación de una retrospectiva de Werner Herzog, prolífico cineasta alemán que es hoy en día uno de los directores más importantes del cine contemporáneo, no sólo por el hecho de su trayectoria fílmica, con más de 55 títulos en 69 años de trabajo, sino por sus propuestas actuales y la seducción que provocan sus imágenes, ya sea en el terreno de la ficción o el documental.  Como parte de esta retrospectiva se proyectó el día de ayer su largometraje de 2009, The Bad Lieutenant: Port of Call – New Orleans. Un remake del film de Ferrara (1992) que utiliza el contexto posterior al huracán Katrina, una Nueva Orleans devastada por las inundaciones, para poner en escena una oscura historia policiaca en la que además del particular estilo de esta narrativa literaria, se recupera ese contexto social para develar la personalidad anfibia de una sociedad que se empecinó en hacer de las apariencias el sello de su cultura.      

En este film los reptiles salen de los pantanos y recorren las calles. Una primera escena, misma que cambiará la suerte de su personaje principal, se inicia mientras una serpiente recorre nadando las instalaciones de una prisión inundada.  Ahí el policía Terence McDonagh (Nicolás Cage) salvará  a un preso que está a punto de ahogarse, la suerte está al aire desde el momento en que decide rescatarlo. El resultado de su intervención serán unos dolores en la espalda que permanecerán por tiempo indefinido, atándolo a las medicinas prescritas por el médico, sustituyéndolas después por cocaína. El dolor físico, siempre al acecho,  se convierte en la alegoría de un proceso de deterioro que se desenvuelve a lo largo del film haciendo manifiestas la condición física y psicológica de una enfermedad que no es sino el pretexto de un grado de corrupción moral al que el personaje se ve inevitablemente arrastrado.

En el marco de una investigación de un crimen violento vinculado al narcotráfico, una vez que el valeroso personaje ha sido ascendido a teniente y condecorado por las fuerzas policiales, se desata una trama que recupera los escenarios oscuros de la novela policiaca y nos muestra esa tipología del antihéroe, personaje ambiguo y de difusas intenciones, arrastrado hacia el fondo de un pantano en el que no se vislumbra salida alguna, solo capas de acontecimientos que van sedimentando el terreno sobre el que los reptiles seguirán reptando. Éstos cautivarán cada vez mayor espacio en el imaginario del teniente, mientras la fuerza de atracción e inercia de un submundo vinculado al crimen va tomando posesión de su vida.

Herzog convierte uno de sus últimos largometrajes de ficción en una metáfora sobre la condición de la sociedad norteamericana. El huracán Katrina marca sólo el punto de quiebre en donde la ilusión cede e irrumpe la dimensión de lo real.  Una vez que han sido desbordadas las presas e inundado la ciudad, lo que parecía un tranquilo e idílico escenario estadounidense, se convierte en un lodazal en el que habitan todo tipo de anfibios. Creaturas singulares que se caracterizan por su capacidad de explorar las profundidades de las aguas y reptar por la superficie de una tierra desolada. Toda la suciedad de las alcantarillas sale a las calles, los velos del sueño americano que cubrían el imaginario de toda una población se descorren para fracturar la apariencia y develar el proceso de corrupción y deterioro que permanece latente, en un constante acecho. Así como se expone la ciudad en ruinas y su cruento proceso de decadencia, el film narra también el deterioro de un personaje, su corrupción, la fragilidad de su carácter erosionado por los compromisos, la deuda y el vicio. Herzog se mantendrá a una distancia suficiente para mantener la ambigüedad de la situación en un proceso continuo de aparente redención y vuelta al fango pantanoso. Al margen de resoluciones narrativas fáciles o juicios morales, el director alemán recupera imágenes que cobran vida hasta hacer patente su poder alucinatorio: las almas de rockeros desquiciados bailan sobre el suelo, iguanas que cantan soul, planos subjetivos de cocodrilos que rodean la escena de un accidente. En un acto fílmico que está a la escucha, recupera Herzog las tradiciones musicales de esta singular urbe y las fusiona a sus imágenes, una combinación intensa y desquiciante que logra mostrar los márgenes de esa alucinación de la que es presa el teniente. Por momentos parecería anunciarse la posible redención de quién ahora ha sido nombrado capitán, sin embargo, la fuerza de atracción de las creaturas de la tierra sigue latente y no hace sino devolvernos a un estado ambivalente. Acaso es posible, se pregunta Terence en una extraordinaria escena final, que ¿sueñen los pescados? No sé si ellos podrán, pero uno se atreve a ello frente las imágenes de Herzog.  

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