el-chico-que-mienteEl último largometraje de Marité Ugás, El chico que miente,  recupera el ánimo de aquellos Road Movies en los que la trama no hace sino deshilvanar el trayecto, la constante búsqueda, el relato que se pierde mientras anda los senderos de un presente asediado por los riesgos de todo camino y un pasado que permanece latente en los gestos, inquietudes y anhelos de quien se aventura en un largo viaje. La historia de una infancia sin nombre de la que iremos recuperando retazos de verdad enterrados en una serie de anécdotas y ficciones, relatos que son la moneda de cambio para atravesar por la adversidad a la que se enfrenta ese chico de trece años en busca de su madre.

El guión está construido a partir de la forma en la que se despliega el recorrido, así como las circunstancias que marcaron el pasado de una familia víctima de un deslave. El film nos muestra, en toda su potencia, la condición de la ruina, la fuerza de la naturaleza y la fragilidad de lo humano que sobrevive a la catástrofe. Planos e imágenes que juegan con esa futilidad de los espacios habitados, la monumentalidad de lo que resta y permanece como herida y huella: los edificios derruidos, artefactos rotos, pedazos de recuerdos y retazos de memoria, símbolos de lo desaparecido que se enfrentan continuamente a la necesidad de habitar lo inhabitable. El proceso largo y traumático de la reconstrucción, de la vida al margen representada en aquellas figuras de desplazados, víctimas, damnificados y desaparecidos producto de la devastación natural sucedida especialmente en el Estado de Vargas un año de 1999. La tragedia más significativa que vivió ese país a lo largo del siglo XX.  La ruina es, a su vez, metáfora de las circunstancias políticas de una Venezuela que ese día votaba el referéndum de una Constitución Bolivariana aprobada con el 55, 63% de abstencionismo a causa de las lluvias.

El trayecto que recorre ese pasado a partir de un presente rememorativo supone la puesta en escena de esa tensión entre lo sucedido y lo que ahora acontece. Si bien el film no tiene una intención política abierta, sí atraviesa por este inmenso campo reflexión en el que el recorrido no hace sino trazar la condición de un orden social y político sobre el que se asienta una mirada crítica. El trayecto toma la forma de una herida aún no cicatrizada.  Nuestro personaje principal, con sus miedos, relatos, anécdotas y andanzas es arrojado a estas circunstancias en una  búsqueda que en ocasiones parecería utópica, dejando atrás las ruinas de un presente inconciliable y un padre desesperado por la desaparición de su esposa.

El film logra yuxtaponer las escenas de ese pasado en ruinas con los planos y travelings que acompañan el viaje, descubriendo la costa venezolana y la particularidad de sus habitantes, con todo su arraigo a la tierra y tradición: canto, baile y ceremonia.  Por otro lado, los primeros planos de ese chico cuya afección contenida nos enfrenta a ese espacio latente y en tensión que no toma forma sino al final del film, dejando abierto el sendero a un sinfín de interpretaciones. La textura evocativa del pasado se encuentra con el ritmo abierto del presente, la imagen cuidada del film ayuda a tejer esta serie de correspondencias en un ambiente saturado por el sonido y una buena propuesta musical a cargo de Camilo Froideval.  

Esta propuesta estética itinerante recuerda ese diálogo perenne del cine con la infancia, la puesta en escena de su sensibilidad,  de sus derroteros, miedos y anhelos. Habla de la promesa pero también del contexto que la asedia. Vuelve a la memoria, a lo largo de su escena final, Antoine Doinel y su correr sin rumbo, sin intención. Una marca aún enigmática de un gesto final. En una yuxtaposición de Paris a Latinoamérica, del pasado al presente,  no cabe duda que queda aún abierto ese incierto camino de una infancia sujeta siempre a más de cuatrocientos golpes.

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