postmortemEl primer plano del film nos muestra a un tanque que atraviesa las calles de un barrio de Santiago. El año, 1973. Veremos a un hombre que desde la ventana acecha lo acontecido en el exterior. Ese cruce entre dos aceras marcará el lugar del encuentro entre dos vecinos. Al parecer uno de ellos, Mario, obsesionado por quién habita frente a su casa: Una mujer que trabaja en un teatro de variedad, el Bim Bam Bum. Ese umbral pone en escena la idea del encuentro y sin embargo,   a lo largo del film, no veremos sino su imposibilidad. De forma cruenta y sutilmente narrado el último largometraje de Pablo Larraín deshilvanará la historia de lo que finalmente supone un desencuentro, sin tregua.  

La historia de un par de personajes fantasmales se desenvuelve en un ambiente que transita entre la tesitura íntima de una relación amorosa producto de la fantasía y el hecho en bruto de las circunstancias históricas. La búsqueda y el encuentro del objeto deseado son tan fortuitos y efímeros como  su desaparición. Más adelante encontraremos que Mario logra conquistar a su vecina y cuando las circunstancias parecen favorecer su cruce, son intempestivamente sorprendidos e interrumpidos por una marcha en apoyo al gobierno de Unidad Popular. La irrupción de lo político en esto que parecía una relación convencional entre vecinos será desde entonces una de las marcas y señas del film.

Sorprende el lenguaje estético de Larraín que desde un inicio traza las coordenadas generales de una historia desencantada, a través de colores deslavados e interiores corroídos, los planos y encuadres de figuras que han perdido el rostro, el juego con el fuera de foco, la textura de la imagen y la patente distancia. Espacio en el que cabe la devastación y soledad de una calle, así como un primer plano de quien es llevado al llanto por la imagen difusa de quien lo acompaña a cenar, esa mujer que ha provocado una promesa sin saber que es en realidad fatal engranaje de lo que habrá de acontecer. Una historia que a partir del uso de sus recursos logra encarnar esa decepción aún sin nombre, la forzada indiferencia, la adaptabilidad de lo humano a las circunstancias, la pesadumbre emotiva y la carga con la que gravitan los personajes.

El film de este realizador chileno nos lleva por las entrañas de un país que está a punto de vivir uno de sus momentos históricos más traumáticos. Nos encontramos con la mirada de doctores, funcionarios públicos que son testigo de la muerte, función de archivo y registro en una morgue en donde ejercen sus necropsias. Mesa primero de análisis de muertes comunes, después espacio en el que yace para su testificación el cadáver de Salvador Allende Gossens y, finalmente, espacio de acumulación de personas sin nombre, bultos de muertos. El film construye un escenario kafkiano en el que se hace patente el espacio de operación de una burocracia al servicio de la administración del cadáver. Lugar que mueve al desquicimiamiento, la negación o la indiferencia. Dato crudo sin más del índice de violencia que supone la intervención militar y la fuerza bruta con la que entra en escena.

Algunas tomas marcarán el ritmo de la película: un encuentro, la irrupción de “esa rueda de la historia” de la que nadie escapa, según las palabras de un médico en jefe que veremos pasar de los discursos de revolucionarios de izquierda a un servilismo forzado al régimen.  Si bien el evento que mueve el film es el acontecimiento histórico del golpe de Estado en Chile, éste no es sino el engranaje sobre el cual se irán acomodando las piezas. Un viejo Mario, en una gran actuación de Alfredo Castro,  que no tiene margen de movimiento y se convierte en funcionario del ejército. Su vecina, perseguida política por sus relaciones con militantes, recluida y escondida detrás de un viejo portón en un domicilio devastado por el ejército. El primero con una ambigua esperanza de casarse con ella, mientras cuida de su alimentación. La mujer siempre esquiva. En este contexto de una vida orillada hasta sus márgenes por la situación política, se nos devuelve un intrincado laberinto emotivo rayano en la locura. No existe resolución del conflicto, éste solo se hace patente. Parece que todo llevará, como ese tanque que al inicio atraviesa la calle intempestivamente,  al proceso de enterrar a la muerte en vida, así como enterrar a la vida en un extraño umbral de existencia que bien podría ser post-mortem.

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