BOONMEEEl último largometraje del director tailandés Apichatpong Weerasethakul (le valió la Palma de Oro en el festival de Cannes 2010) nos lleva lenta y parsimoniosamente por un mundo que ha permanece en un umbral del tiempo: entre un pasado que amenaza con desaparecer, un presente asediado por la enfermedad y un futuro desquiciado por la incertidumbre y un augurio colonizador.

El film abre un espacio para encuentros y desencuentros. Nos  acercamos a un mundo mítico cuyos senderos son transitados por creaturas fantásticas y viejas leyendas, rumores en la espesura de la selva que parecen animar el diálogo con los espectros. Por otro lado, también se yuxtapone esta imagen a una civilización contemporánea para la que no parece haber tiempo para los espectros, más bien un constante desarraigo atravesado por las nuevas formas de comunicación mediática, la devastación natural, violencia militar, migración y exilio.

En la forma fílmica habitan las figuras poéticas de un universo natural así como las condiciones sociales que invitan a su desaparición. Una multiplicidad de alegorías tejen este imaginario conflictivo al que el director dota de singularidad y concreción.  El tío Boonmee, alegoría de la experiencia de lo natural, nos lleva a recorrer su granja en la selva tailandesa. Lo aqueja, como parece ser una constante en la obra de Apichatpong, una enfermedad renal que lo obliga a reconsiderar sus últimos días, en una continua lectura de lo sucedido frente a lo que le espera.  Este personaje, que se desenvuelve a través de pequeños gestos,  nos llevará por un recorrido perceptivo de la vida en el campo, la tranquilidad que se desliza por sus resquicios, su oscuridad, la noche y quienes la habitan.  Los sonidos de la selva, la insistente latencia de un estado orgánico de las cosas, un espacio verde continuo sobre el que se deslizan el viento, generando los rumores producto de la danza con las hojas.

Los planos fijos que estructuran gran parte del film aprenden a tomar su distancia y, sobre todo, enseñan a mostrar la peculiaridad del mundo natural, sus más ínfimos gestos, su amplitud, su permanencia. Largas tomas que desprenden la duración de los objetos, de la flora y fauna de la que se rodean los personajes, de la oscuridad de la noche y los crepúsculos azulados. Así se abre un espacio para demorarse sobre las lindes de un universo orgánico, todo un régimen de lo audible y lo visible que incita a una  percepción contemplativa, abierta y expectante.  

El film yuxtapone continuamente, tanto literal como poéticamente, el peso de la duración a la ligereza del viento. El espectro de las horas a la hora del espectro. La vitalidad diurna a aquella  melancolía nocturna. Un film de sutiles interpretaciones que se desenvuelven en un abrazo, la presencia de la enfermedad, los últimos días de quien quisiera entender el  sentido  de la aflicción y el tiempo abierto al porvenir. El film de Weerasethakul contiene, en una cáscara de nuez, su lección última: Hay que aprender a habitar con los espectros, aprender a amarlos  (diría Derrida). Llevan inscrita una lección del tiempo. Una cuestión de umbrales,  el encanto y desencanto posible de la imagen, de la naturaleza y lo que ocurre entre ambas.  En este film tailandés habitan simultáneamente, en ese delgado umbral, la promesa como la denuncia, una poética no sin política.

El FICUNAM 2011 ofrece una amplia retrospectiva de este artista a la vanguardia del cine contemporáneo.  En ella se podrán ver varios de sus cortometrajes, así como  seis de sus largometrajes. También se podrá visitar la instalación del artista en el MUAC, Primitive. Para quien quiera ver La leyenda del tío Boonmee, lo podrá hacer este jueves 3 de marzo a las 17hrs, en el cinematógrafo del Chopo.  

Oscar Espinosa Mijares @oem79