texto de Sofía Márquez Moreno
No muchas veces podemos conseguirnos con alguien que reconozca públicamente sus errores, sobre todo en el cine, una industria en la que sabemos el ego es y siempre será moneda de cambio.
Es por eso que en la conferencia magistral que realizó Alejandro González Iñarritu, el pasado viernes 30 de Julio en el marco del Festival Internacional de Cine Expresión en Corto, me llamó la atención que declarara de una manera tan contundente que los aciertos, pero sobre todo los errores de sus películas le pertenecen a él y a nadie más que a él.
“Toda la mierda de mis películas es mía. No se mueve ni un sólo pelo sin que yo lo apruebe.” Afirma González Iñarritu, consideré entonces el trabajo del director como una dictadura momentánea y aceptada por todo el equipo. Si bien, el cine es por excelencia un arte colectivo, el director es no sólo el timón del barco, sino el viento que empuja las velas. En las palabras de Iñarritu, “Si el director se pierde, la película inexorablemente está perdida”.
Sin tratar de defender el acto del director de “Amores Perros”, al considerarlo como un intento forzado de modestia, aceptando que las cosas que no funcionan en sus películas son culpa de él y de nadie más, concuerdo con la atribución que se está dando.
Al final del día lo que un director siempre debe defender es su visión sobre las cosas, más allá de la historia, lo que es único e irrepetible es la mirada personal con la que se acerca a los hechos. Defender esa visión con sus aciertos y desaciertos, por encima de todos los inconvenientes y de las otras miradas que tratan de imponerse, es el verdadero acto heroico.
Y esto me recuerda un punto en el que varios de los conferencistas de esta edición del festival Expresión en Corto hicieron referencia. Entre ellos, Eliseo Subiela (“El lado obscuro del corazón”, “No te mueras sin decirme adónde vas”, etc) y Don McAlpine (fotógrafo de películas como “Romeo y Julieta”, “Moulin Rouge” y más), hacer cine no es más que un acto de fe.
Tanto para los actores, para los fotógrafos y sobre todo para los directores, la película terminada es un producto de la fe ciega que se ha puesto en el proyecto. No sólo por todo el sufrimiento que el mismo Iñarritu ha reconocido y que es todo un viacrucis para los jóvenes realizadores que quieren estrenar una película, sino porque implica creerlo, adoptar la visión como una máxima y estar convencido de que es sin duda la mejor para enaltecer a la historia.
Hacer cine, coinciden todos los conferencistas y realizadores, es sólo para creyentes.
Sofía Márquez Moreno