Los trenes guardan en su movimiento y transcurso un secreto del tiempo. Ante la pantalla vemos como van de un lado al otro del cuadro inaugurando una duración que se pierde detrás de lo que escapa al encuadre y queda como un eco de su recorrer el mundo. El cine, atento a este secreto, deshilvana una y otra vez las posibilidades de esa figura mítica al lado de la cual nace, como si llegara al mundo en tren, o como si el mundo del cine no fuera sino estar al lado de una ventana abordo de estas máquinas, esperando que el movimiento se filtre en la infinidad de sus colores y posibilidades, movimientos, sombras cruces y líneas.  

En los films de Ozu, los trenes llevan también otro mensaje del tiempo: aquel de las generaciones y lo que entre ellas se transmite, sin embargo, así como los pasajeros suben y bajan en diferentes estaciones a lo largo del recorrido, también en este constante viajar los trenes interrumpen un movimiento y lo potencian al desplazarlo en la multiplicidad de sus cambios de vías. El tren asume la figura de lo que se comunica entre las generaciones como continuidad y lo que se interrumpe entre ellas como imposibilidad herencia. La gramática de los trenes en estos filmes guarda también la relación discontinua entre el bullicio de la ciudad y la pausada vida de la provincia o el campo. Del ritmo acelerado de la urbe en donde todo es cruce, a lo abierto de un paisaje y lo tenue de su textura. En el camino de las vías se abre el mundo del hábito, resuena la familiaridad de los recorridos a diario y su común parecido, pero también se deja entrever un misterio y en cualquier estación espera acuciante la sorpresa de lo distinto. En los vagones del tren se encuentran las vidas que siempre se cruzan en el anonimato. Son estos vagones, los asientos al lado de la ventana, un refugio y una fuga. 

Al centenario del nacimiento de Ozu, Hou Hsiao – Hsien rinde homenaje a su maestro en el Café Lumiere (2003), reproduce la mirada de quien concentrado en el detalle a lo minúsculo rinde a su vez homenaje a lo efímero, aquello que escapa a nuestra contemplación de la vida diaria y que gana su presencia entre los planos a media distancia cuya paciencia habla de ese amor a la disposición de los objetos comunes y corrientes entre los que se cuenta nuestra historia. Esos objetos guardan toda su contingencia y densidad, en el film se escuchan los ecos de los platos sobre mesas de madera, el crujir del suelo, los pasos sobre el tatami, los ruidos de la boca al disfrutar de un platillo, el sonido de una botella de Sake, el resonar de un vaso de vidrio. Los objetos aprenden a heredar a lo visual su densidad y peso, abriendo el espacio de lo que se registra. El cine es aquí un cazador de huellas visibles y sonoras.   

Los espacios del director taiwanés se asemejan a aquellos a través de los cuales Ozu reconfiguró las geometrías del cuadro cinematográfico, filmando a la altura de un tatami, reinventando los espacios del interior japonés según laberínticas perspectivas de pequeños cuadros en los que acontecen los encuentros. Esos lugares dejan abierta la posibilidad a multiplicidad de movimientos, personas que atraviesan de un lugar a otro apareciendo y desapareciendo de la escena mientras la quietud de los objetos permanece. Demarcación de los límites a través de lo que queda fuera de cuadro y es aún hilo de la narración, en el film de Hsiao-Hsien la música entrelaza las escenas, los sonidos del tren marcan las pautas y ritmos de las relaciones entre imágenes.  La sutil predisposición hacia lo que acontece se guarda en el lenguaje de la contención y sólo en sus minúsculos gestos aparece la huella apenas visible de una belleza pasajera, disfrazada de quien guarda y registra el sonido de las vías en Tokio esperando que ahí resuenen también los sueños de quien duerme frente al micrófono.