Tres momentos definen la existencia de Michael Corleone, protagonista de la saga El padrino (1972, 1974 y 1990) de Francis Ford Coppola, definitiva piedra angular del cine dedicado al crimen organizado. En el primero, Michael, hijo pródigo de don Vito que acaba de regresar de la guerra y viste un flamante uniforme militar, venga el atentado contra su padre así como el asesinato de Sonny, su hermano mayor, para luego desprenderse con asco y orgullo del revolver con el que despacha al cabecilla de la famiglia rival y al policía corupto coludido con él. Así inicia el baño de sangre que, en la entrega de 1972 –y la mejor de la trilogía–, mancha las manos de Michael en un rito de pasaje sin parangón, el personaje insuflado de vida por el mejor Al Pacino.

En plena crisis con Kay, su esposa –que no tolera más ni puede hacerse de la vista gorda ante el evidente involucramiento de su marido en el crimen organizado–, Michael ha asumido sin mayor titubeo su rol de Don de la famiglia Corleone. Tanto así que, en la secuela de 1974 –la más oscura y densa de las tres–, no se tienta en corazón cuando manda asesinar a su hermano Freddo, tras descubrir una traición que contamina la sangre familiar, segundo momento que convierte al hijo pródigo en capo máximo del clan, asumido el sino de su condición mafiosa.

Finalmente, y muchos años después, Michael está al borde de la vejez. En busca de una evasiva redención, hace todo lo posible por limpiar el nombre –nunca la sangre– de los Corleone, pero su deseo se va al garete y, en plena exasperación, el Don se lamenta en un arrebato que parece dictado por Shakespeare: “Just when I thought I was out, they pull me back in”, justo cuando me pensaba fuera, me arrastran de nuevo adentro. Así, en 1990, Coppola cierra el periplo con una película no tan potente como las dos anteriores –el paso del tiempo es inclemente– y le pone punto final a la epopeya creada por Mario Puzo.

Sin embargo, no son los Corleone la representación máxima de la mafia italiana en el imaginario de los espectadores: si uno espectador quiere meterse de lleno en la naturaleza de una famiglia, allí están Los Soprano (1990-2006) para entender no sólo su quintaesencia, sino su alcance contemporáneo. No cabe duda que la serie de televisión creada por David Chase es visionaria en su construcción y en su amplitud narrativa, que hace de las cerca de nueve horas que abarca la trilogía cinematográfica de El padrino una breve muestra ante sus colosales seis temporadas y cientos de horas de duración.

Conscientes de su origen, los personajes delineados por Chase –y a los que terminamos por conocer aun más que a nosotros mismos– recurren a lo visto en El padrino y le rinden un homenaje a la vez solemne y burlón. Así, vemos a Silvio Dante, fiel escudero y consigliere de la gran bestia que es Tony Soprano, burlarse de Michael Corleone y repetir su cantaleta exasperada, hasta que el chiste, en su repetición histriónica, se convierte en afrenta: no hay salida posible de la famiglia, a la que todos los vinculados por los Soprano estarán condenados a regresar, arrastrados por el poder del Don.

En otro momento, vemos a Christopher Moltisanti, hijo electivo de Tony, disparar contra un enemigo y luego desprenderse de la pistola à la Michael Corleone, con un dejo de asco y orgullo, el gesto mafioso adherido a sus genes. De igual modo, ni Tony ni sus allegados se tocarán el corazón cuando haya que deshacerse, fruto de la traición, de alguno de sus familiares, tanto de sangre como por pertenencia a la cossa nostra. Pero una cosa es clara: en ningún momento Tony Soprano, ese monumento encarnado por James Gandolfini, buscará la redención deseada por su antecesor obligado, Michael Corleone. No.

Sociópata al fin y al cabo, el señor T., Don último, no se cuestionará siquiera la posibilidad de no ser cabeza de su famiglia, hecho que lo vuelve tan real como nosotros mismos, los espectadores que no podemos más que maravillarnos ante su criminal existencia.