three-monkeysSentados en la sala de cine respiramos hondamente como si recorrieramos un pasillo a nosotros extraño, uno encontrado en sueños. Dicho territorio, y sus senderos, son el de una emotividad a nosotros ajena. Está ahí, ha sido afectada por aquello que vemos. Y el cuerpo, al parecer, es otro. Una extraña emotividad asedia nuestro organismo. El momento en el que la pantalla despliega los créditos resulta un espacio propicio para volver sobre esos extraños pasadizos de nuestra sensibilidad alterada por la imagen. Momento para saborear esa afección en el cuerpo que ha dejado el orden de lo visible. Ya después, la pregunta: ¿Qué de esas imágenes, historias, sonidos y relaciones ha logrado dejar esa leve crispación del cuerpo, esa condición de tensión? Tres Monos (Üç maymun, 2008) de Nuri Bilge Ceylan, ha sido una de esas películas que logran permear la emotividad de quien alerto atiende a la última imágen y sospecha su pronta desaparición, para dejar espacio a las inquietudes, para mover el entramado silencioso que abre toda obra frente a quien la contempla.

El film pone en escena la condición del individuo frente a la decisión. Lo hace lentamente, registrando su aliento y sutil despliegue. Las decisiones se filman en claroscuro, vemos la figura en negro de los personajes silenciosos frente al paisaje: el mar y un faro. O nos encontramos el denso humo de cigarrillo en una madrugada en la que dos personas conversan en un café, momento previo a una decisión sugerida, más no mostrada. Aquel diálogo se convierte a través de la imagen en gesticulación de un espacio interior al que no tenemos acceso, sin embargo, el rostro, el sudor, las manos o el aliento muestran aquello que no se puede decir. La tensión narrativa se encuentra en los objetos y hay una propensión a narrar a través de ellos: escuchar el crujir de las puertas, el sonido del viento, los pasos sobre la calle, el ruido del tren sobre las vías, el silencio de la habitación y la ondulación de las cortinas. En el film de Ceylan las imágenes sudan y respiran. Los planos y su relación abren el espacio de los acontecimientos, escuchamos personajes que están hablando (aparentemente) mientras callan. Y así, la historia del afuera aprende a contarnos la cuestión del interior, como una cerrada en sí misma pero que a través del registro cinematográfico aprende a transpirar. Los primeros planos y sus gestos, las distancias y los paisajes. Frente a ellos, los individuos son diminutos, su existencia es solo una figura sobre un fondo. Sin embargo, también vemos aquellos momentos en los que los ojos, las manos o los brazos lo son todo y el espectro de la pantalla se termina ahí, donde inicia el cuerpo y en el lugar en donde resuena un suspiro o se derrama una lágrima.      

La fotografía en el film de Ceylan construye esta forma en la que puede predominar el gesto sobre la palabra, o el paisaje sobre el humano. Se acerca en sus planos al detalle de los objetos y atiende a cada una de sus fisuras, juega los espacios cerrados desde una pluralidad de perspectivas reinventándolos cada vez. Transfigurados por la mirada que da pie a ellos, los diálogos y la observación se hacen en la complicidad de estos espacios fragmentados y caleidoscópicos, en donde la acción dramática se teje al ser orquestada por el abir y cerrar de puertas, por la posición de quien observa o de quien es observado.  Bajo la mirada de la cámara dichos objetos se transforman en alegorías y los truenos anuncian una lluvia que solo encontramos al incio y al final del film, escena primordial para la prolongación indefinida de un retorno trágico o mitológico parecido al de Sísifo. Una vez más, el (des)orden de la decisión y el individuo frente a ella. La densidad y textura de los momentos que la anuncian o desencadenan. El calor y el sudor sobre los rostros nos recuerdan los azarosos recorridos de Mersault y el oscilar de su acción arbitraria, frases cortas, o mejor dicho, cortadas-cortantes. Observaciones penetrantes, espacios claustrofóbicos. Condiciones físicas del mundo de los espíritus. Aquí la imagen funciona como la voz en relación al cuerpo. Muestra algo de lo que no hay registro visible, sólo un eco.