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Esta semana se estrenó en Manhattan Whatever Works (2009), la enésima entrega de Woody Allen. En realidad, se trata de su película número 39 (hay más, hechas para televisión, pero no las cuento). Y han pasado 40 años desde el estreno de su opera prima, Take the Money and Run (1969), que, si mal no recuerdo, aquí le pusieron Robó, huyó y lo pescaron. 40 años de Woody Allen como director… Cuatro décadas que, sin lugar a dudas, invitan a la reflexión sobre su obra. No cabe duda que la mejor época de Allen es la década de los setenta, que culminó, hace 30 años (siempre los hermosos números redondos) con la intimista Manhattan (1979), tras el hito que representó Annie Hall (1977), película que lanzó al director de Brooklyn al imponderable estrellato y a la alfombra roja de Hollywood, en donde la Academia reconoció su existencia dentro de la industria (se llevó cuatro Óscares, uno de ellos para su entonces pareja y dama de pantalla, Diane Keaton, que estaba en su mejor momento). Antes de Annie Hall, todo era humor. Un humor intelectualizado, aunque cándido. Annie Hall significó tanto el viraje en la carrera directoral de Allen como en su conquista de Manhattan, su ciudad, como territorio fílmico insuperable. Los ochenta arrancan con otra joya: Stardust Memories (1980), su gran homenaje a la colosal 8 ½ (1963) de Federico Fellini, luego de haberle rendido cuentas a su santo patrono Ingmar Bergman con Interiores (1978), película formidable y dura de pelar donde las haya. La década del new wave culmina para Allen con Crimes and Misdemeanors (1989), luego de otro homenaje al Bergman de Smultronstället (1957) –es decir, Fresas silvestres– con Another Woman (1988) –y con la actuación de una Gena Rowlands más allá de la influencia de su marido John Cassavetes, quien moriría al año siguiente– y su renovación de Manhattan con Hannah and Her Sisters (1986). La década de los noventa es quizá la que más altibajos representa en la carrera de Allen, además de que significa su ruptura con Mia Farrow –la mujer a la que más dirigió– y un escándalo en el que, aquí y ahora, no vale la pena gastar tinta (o bytes), aunque culmina con otra obra maestra, estrenada hace 10 años exactos: Sweet and Lowdown (1999), con la actuación de un Sean Penn inolvidable. En la década del 2000, traspuesto el umbral del siglo XXI, Allen deja Manhattan atrás y se pone a filmar en Londres, fiel a su público europeo, escenario de Match Point (2005) –una revisión puntual y aún más cruda de Crimes and Misdemeanors: la victoria de la impunidad (y de la suerte, el azar) ante las “buenas intenciones”–, nuevo viraje y lanzamiento de nuestro director a las grandes masas consumidoras de cine (y confesémoslo: nadie nos ha mostrado mejor a Scarlett Johansson que Woody Allen). El periplo de estos 40 años se cierra, como ya se dijo, esta semana. Allen regresa a Manhattan, escenario en el que dirige a su raro alter ego Larry David. ¿Funcionará Whatever Works? Ya veremos. Sirva, por ahora, celebrar los 40 años como director de Woody Allen, nacido el 1 de diciembre de 1935 en Brooklyn, Nueva York, bajo el nombre de Allen Konigsberg.

TRAILER DE WHATEVER WORKS

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