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No deja de ser curioso que un director tan poco prolífico como Sam Mendes estrene sendas películas en años consecutivos: Revolutionary Road en 2008 y Away We Go en 2009 –se estrena hoy, viernes, en Manhattan, y se antoja como la más atractiva de las películas que ofrece la cartelera de la isla–. La primera, ya se ha escrito mucho al respecto, es la lograda adaptación de una novela ya clásica en Estados Unidos, escrita por Richard Yates; la última, y esto es peculiar cuando se piensa en la anterior, está basada en un guión original de Dave Eggers y Vendela Vida, quienes además de esposos y editores de las revistas McSweeney’s y The Believer, respectivamente, son ambos novelistas de la nueva y ya visible camada de narradores estadounidenses. Si en Revolutionary Road se atiende el drama y el desmoronamiento in situ de un matrimonio estático y suburbano de los años cincuenta –todo acaba en un aborto auto-gestado, la inmolación de la protagonista y sus sueños truncos–, en Away We Go se retrata lo opuesto: la consolidación de una familia –una pareja contemporánea que viaja en busca del lugar correcto para aislarse y tener al primer hijo que ya se gesta en el útero de ella– gracias al movimiento y la comedia. No se puede pensar en un par de películas más antitéticas –desde el tema hasta el casting: en Revolutionary Road actúan dos colosos del firmamento de Hollywood, Leonardo DiCaprio y Kate Winslet; en Away We Go, un par de “desconocidos”: Maya Rudolph y John Krasinski–, como si Mendes quisiera sacudirse de encima el violento peso de su polémica y no del todo bien recibida película de 2008 (vaya: en los Óscares fue casi del todo ignorada y Kate Winslet se llevó la estatuilla gracias a una actuación bastante menos lograda que la que ejecutó bajo la dirección de su marido). La crítica de A. O. Scott en el New York Times de ayer, sin embargo, nos deja con un extraño y críptico sabor de boca: “¿Les suena a que detesté esta película? No sean tontos. Pero tampoco se engañen. Esta película no gusta de ustedes.” Ya veremos.