Rabid, Cronenberg 1977

Rabid, Cronenberg 1977

 

Después de un periodo de excepción instalado entre nosotros por la alerta sanitaria, la vida cotidiana sigue su rumbo. Volvemos a tejer las actividades que habían quedado por unos días en suspenso. Si bien nos “quitaron” el cine, nos devolvieron la posibilidad de quedarnos en casa y hablar largamente durante una sobremesa. Son una serie de diálogos cultivados en ese espacio la razón de una breve nota.

 

En ocasiones la realidad se parece a la ficción. Ciertos acontecimientos, al trastocar las coordenadas de lo que nos hemos acostumbrado a considerar normal, nos sumergen en un espacio casi onírico, o catastrófico, inimaginable e irreal; todas ellas características del mundo de la ficción. Sin embargo, podríamos también hablar de cómo es que la ficción sugestiona a la realidad, a través de ella reconfiguramos nuestro deseo, construimos una identidad y sembramos los cimientos de toda la serie de nuestros intercambios simbólicos.  El teatro de la ficción configura así el teatro que es el mundo.

El cine como arte perverso, nos dirá Zizek, nos  enseña a desear y aprender a desear es construir las coordenadas de lo que configura nuestra visión de las cosas, las ficciones “…estructuran nuestra realidad, si se sustraen de nuestra realidad las ficciones simbólicas que la regulan, perdemos la realidad misma.” (Ver una serie de clips sobre este documental)   

La producción de ficciones está, además, relacionada con un sistema hegemónico de reproducción de las mismas. En el caso del cine, Hollywood.  Esta maquinaria ha construido, desde su nacimiento, un imaginario que bien podríamos calificar de apocalíptico; dicho imaginario ejerce una transformación real de nuestras costumbres y prácticas, sugestionando nuestro comportamiento e induciendo nuestra respuesta al entorno. Infinidad de veces hemos visto en las pantallas el fin del mundo: las catástrofes ecológicas, las guerras espaciales, los aliens, las guerras nucleares, todos ellos agentes que asedian nuestra vida y amenazan con terminar con ella.

Dadas las condiciones de nuestro mundo contemporáneo el “virus”, ya sea en sus versiones biológicas o informáticas,  es el nuevo agente del asedio, la amenaza que amedrenta nuestras vidas en una era de armas biológicas, epidemias o pandemias.  La respuesta mediática ante la reciente alerta sanitaria lo dejó muy claro. Entrábamos en uno de esos umbrales que desfigura, aunque sea por unos momentos, aquello real a lo que nos acostumbramos. Al navegar por internet, al ver las noticias, al prender el radio todo lo que escuchábamos eran los ecos de esta alarma reproduciéndose a una velocidad increíble. Al salir a la calle podíamos observar a los militares repartiendo tapabocas, en el super los estantes se encontraban vacíos y la gente llenaba sus despensas siguiendo el mandato de una extraña paranoia instalada ya de lleno entre nosotros.

Estas imágenes y noticias me hacían recordar algunas escenas de Rabid (Cronenberg, 1977): los militares cercando las calles de Montreal, el virus diseminándose entre toda la población, el estado de excepción y, ya en un gesto de total sarcasmo, los militares disparando a las víctimas de la infección. No hace falta ir tan lejos, solo con un vistazo a nuestras carteleras podemos encontrar en ellas la amenaza de una posible  Epidemina o Exterminio.  Todas estas imágenes, ecos,  señales mediáticas y ficciones forman la textura de nuestra realidad e influyen fuertemente en nuestro comportamiento y en la manera en la que reaccionamos. Nos sugestionan profundamente arraigando en nosotros la silenciosa sospecha de que quizá el hombre que recién estornudó a mi lado está “contaminado”, o “infectado”.

El miedo al contagio, la intromisión o contaminación de los cuerpos biológicos, informáticos, sociales o militares es una de las principales características de nuestro presente. Un lenguaje de “inmunización” atraviesa nuestra cultura, como lo hace ver Esposito en su extraordinario libro Inmunitas. Dadas las circunstancias de una verdadera amenaza a la salud, hemos de volver sobre nosotros, repensar la forma de nuestras reacciones y la conformación de nuestros miedos. Queda responder críticamente ante las imposiciones de este tipo de imaginario y, desde una perspectiva ética, no contribuir por favor a la paranoia.