Vi Real Steel la noche en que murió Joe Frazier, el tozudo ponchador de Filadelfia quien, junto con Mohammed Ali, protagonizó la más fiera rivalidad en la historia de los pesos completos. La muerte de Frazier me provocó esa tristeza única producto de la resignación. Abatido por el cáncer de hígado, Smokin’ Joe no pudo hacer, en el último round de su vida, a los 67 años, lo que tan bien hacía en el cuadrilátero: agazaparse y, cuando menos lo esperaban sus oponentes –por lo general de mayor envergadura y atletas consumados– sorprender con un gancho potentísimo que más que un golpe de boxeo era la manifestación de un impulso vital incontenible. Frazier no era ni más fuerte ni mejor boxeador que Ali, su amigo y némesis. Su técnica era rudimentaria –avanzaba como un tanque blindado, capeaba el temporal y, tras recibir tres golpes atestaba uno–, pero tenía lo que le falta a muchos seres humanos: cojones. Joe Frazier, eternamente unido al nombre de Ali, era, además, una persona generosa y siempre dicharachera, según los que lo conocían. Frazier: el underdog. ¿Y a todo esto qué tiene que ver Real Steel, la historia de un padre, un hijo y un robot viejo que en un futuro no muy lejano irrumpen en el mundo del roboboxeo? Pues en que perpetúa ese mito tan estadounidense del peleador –de la vida, del ring– que surge de la nada para, a fuerza de corazón y voluntad, alcanza la cima. Hemos visto este mito perpetuado en cintas sobre pugilismo que van de Rocky a Cinderella Man, en reality shows como American Idol, y hasta en campañas presidenciales (Obama 2008). El underdog es el individuo que gracias a su naturaleza prosaica llega a lugares reservados para los elegidos como Ali, como el clan Bush, como los cantantes de disquera. Esta, sobra decirlo, es la mayoría de las veces, una promesa vacía. Hay pocos Fraziers en el mundo.
(Real Steel: es una cinta fallida y llena de clichés. Con Steven Spielberg como productor ejecutivo podemos esperar a que el robot engarce los mecanismos rotos entre las emociones de un padre –lógico exboxeador– y su hijo –lógico acaba de morir la madre–. Real Steel es una avalancha deproduct placements y clichés. Es una Big Mac, vamos, pero una Big Mac de esas que se antojan sólo por el gusto culpable de disfrutar de lo estándar y predecible). –César Albarrán



En un lugar de la provincia de Córdoba cercano a Cerro Colorado, el hogar de Atahualpa Yupanqui, se encuentra Caminiaga, pequeña localidad a la que en 1983 llega la oportunidad, por primera vez en su tranquila historia, de votar para intendente. Los rumores recorrerán el pueblo de voz en voz confiando en que Baldomero (Martín Seefeld) presentará su postulación. De este acontecimiento se desprende la narrativa del film, contada de manera evocativa por tres personajes que participaron de aquellos acontecimientos que señalaban la llegada de la democracia, así como la trifulca que cabalga a su lado y el enredo que suscita. Baldomero ha sido asesinado y la investigación sobre su muerte puesta en marcha en un lugar, claro, en donde el ritmo es otro. Sentados en una banca de lo que seguramente será un pueblo transformado por el transcurso de los años, los personajes se disponen a contar en un formato blanco y negro lo que habría de desencadenarse en ese momento en el que, seguramente, se sintieron partícipes de la Historia. 